2013-07-28 · Decimoséptimo Domingo
Decimoséptimo Domingo Del Tiempo Ordinario
Lecturas: Génesis 18, 20 32; Colosenses 2, 12 14; Lucas 11, 1 13
Pidan, y se les dará; busquen, y encontrarán; llamen, y se les abrirá la puerta
Lecturas: Génesis 18, 20 32; Colosenses 2, 12 14; Lucas 11, 1 13.
1 – Cincuenta, treinta, diez – La oración, tan audaz e inteligente que Abraham hace a Dios es para tratar de salvar in extremis a Sodoma y Gomorra, las dos ciudades corruptas que están en el Mar Muerto: “Señor, tal vez se encuentren sólo diez - Aun por esos diez no la destruiré”. En ese caso, lamentablemente, no se encontró ni siquiera un justo, y las dos ciudades fueron destruidas por el fuego. Nosotros por suerte podemos seguir así la oración de Abraham: “Señor, por amor del único justo que es Cristo, tu Hijo y nuestro hermano, ¡no destruyas al mundo!” Y, una vez más, estamos seguros de ser escuchados.
2 – El Amigo divino – Jesús, para asegurarnos que Dios escucha siempre y a todos, inventó la parábola del amigo importuno que tiene el coraje de sacarlo de la cama, a la medianoche, al jefe de la familia para pedir tres panes: “porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre”. La conclusión es obvia: siempre hay que pedir, sin cansarse nunca, la ayuda de Dios y del prójimo.
3 - ¿Qué cosa pedir? – El Evangelio también responde a esta pregunta: “Cuando oren, digan: “Padre nuestro”. Y las cosas más importantes que pedir son éstas: el amor del Padre y de los hermanos, su voluntad hecha para el bien de todos, nuestro pan de cada día (para el cuerpo y el espíritu), el perdón de los pecados y de toda deuda, la liberación de la tentación y del mal. Esta oración sublime, que ha inventado Jesús, expone estas necesidades en un lenguaje tan sencillo y universal, que puede ser realizado por cualquier persona, incluso un ateo o un no cristiano.
4 - ¿Con quién pedir? – Nuestra oración, para ser absolutamente eficaz, debe hacerse en unión con la de Jesús, es por eso que Jesús dice: “Padre nuestro” y no “Padre mío”. Ahora, incluso cuando estamos solos, somos en realidad, al menos, dos: Jesús y yo. Entonces tenemos que acostumbrarnos a rezar siempre con esta intención: “Señor, tengo la intención de orar y ofrecer por las mismas razones que ora y se ofrece Jesús”. En este modo, oramos de la mejor manera y estamos seguros de ser escuchados.
5 - La oración – San Agustín sugiere una definición hermosa de la oración: “Rezar no significa hablar, pero desear. Quien siempre desea, siempre reza. ¿Cuándo se adormece tu oración? Cuando se enfría tu deseo”. Aprendemos a orar con los deseos que brotan del corazón. No sólo son el resultado de nuestra vida interior, pero la inspiración del Espíritu Santo, sus “gemidos inefables” con los que ora sin cesar en nuestros corazones al Padre que está en los cielos.