Santuario della Madonnetta

2013-04-14 · Tercer Domingo

Tercer Domingo de Pascua

Lecturas: Hechos 5,27-32.40-41; Apocalipsis 5,11-14; Juan 21,1-19

Simón de Juan, ¿tú me amas? Cierto, Señor, ¡Tú sabes que te quiero!

Lecturas: Hechos 5,27-32.40-41; Apocalipsis 5,11-14; Juan 21,1-19.

1 - ¡Es el Señor! – El Evangelio de Juan nos narra la tercera aparición de Jesús a los apóstoles mientras pescaban en el lago de Cafarnaúm. Cuando Jesús se presenta ante ellos, no le preguntan más ¿Quién eres? Porque ya saben quién es Él. Ya se han habituado a ver con naturalidad a Jesús entre ellos, compartiendo todos los aspectos de la vida cotidiana. ¿Nos sucede lo mismo a nosotros?. ¿Somos conscientes y estamos sorprendidos de que Jesús esté siempre en nuestras vidas: en los pliegues del corazón, en los pensamientos de la mente, en las decisiones de la voluntad; y además, en casa, en la escuela, en la fábrica, en la oficina, en el negocio, por la calle, en quien sufre?

2 – ¡Vengan y coman! – Jesús prepara y sirve el desayuno a los apóstoles: el fuego ya está prendido en la playa y también hay peces asados; luego agrega otros peces que han pescado los apóstoles, y toma el pan… Todo está listo ya, para una nueva Eucaristía en la playa. Sin embargo, ¡sería maravilloso si nuestras misas dominicales fueran “vividas” de esta manera, junto a Jesús que se manifiesta nuevamente para compartir su don con el nuestro y llega a nuestras casas para continuar su manifestación a través de nuestra vida familiar!. De todas maneras, Él siempre es el PRIMER PEZ que será atrapado y comido: nosotros lo asimilamos, pero más que nada es Él que nos asimila y nos invita a confirmar nuestro amor. 

3 - La barca y la red – Los Evangelios nos narran dos pescas milagrosas: una antes y otra después de la Pascua. En la primera, Jesús está con Pedro en la barca, los pescados son recogidos con la red y descargados en la barca; Pedro es invitado a ser “pescador de hombres”. En la segunda, Pedro va nadando hacia la orilla donde Jesús está esperando; la red sumergida, llena de peces, es arrastrada lentamente hacia la costa, atada a la barca; Pedro recibe la misión de “apacentar los corderos y las ovejas” de Jesús. Dos escenas que, juntas, dan una visión muy sugestiva y consoladora de la Iglesia en el cielo y en la tierra. Ella es al mismo tiempo barca (la Iglesia que se ve) y red (los cristianos que no se ven, la iglesia sumergida). En el tiempo final la red, llena de peces buenos, será arrastrada a la orilla: solo entones serán revelados todos los misterios.

4 – ¡Vamos a pescar! – Jesús navega conmigo al timón de mi corazón, yo navego junto a Él en la barca de la Iglesia. Incluso si duermo o hay tormenta, el piloto divino no abandona ni por un instante ni mi vida, ni la vida de la Iglesia. A veces no logro ver “en superficie” lo bueno y mis hermanos en la fe. Pero, más allá de las apariencias o del juicio de la gente, el amigo ocasional o el desconocido que encuentro, puede ser un cristiano en el verdadero sentido de la palabra. Todos, tarde o temprano, son pescados por la gracia de Dios.. Y es la luz de la Verdad que nos hace presa de Dios.

5 -¿Me amas tú? – En definitiva, es siempre y sólo esto. Jesús, pide bien tres veces a Pedro una respuesta de amor y de fidelidad, como para compensar las tres negaciones hechas por Pedro después de la última Cena. ¡“Yo no conozco a ese hombre”!. En realidad, Jesús quiere decirnos que esta pregunta nos la repetirá infinitas veces a lo largo de nuestras vidas: ¿Me amas?. Y nosotros qué le respondemos?. Ese día Pedro, cuando iniciaba la pasión de Jesús, contestó así al Sanedrín de Jerusalén que lo quería arrestar: “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres”. ¡Y confirmará su amor hasta la muerte en la cruz, como su divino Maestro!.

[Mientras estaba terminando de escribir estas últimas líneas (11 febrero 2013, 11.45), me trajeron la noticia de la renuncia de Benedicto XVI como Sumo Pontífice: Admirable Dios en sus proyectos para la Iglesia. ¡Pedro va y Pedro queda!. Agradezcamos al Señor por el don de este gran papa y pidamos para Él infinitas consolaciones por lo que ha hecho y sufrido. También me acordé de un pensamiento de San Agustín: “ El Señor no hace nada por casualidad, sino que actúa por sorpresas”. ¡Sorpresas de Dios!]