Santuario della Madonnetta

Agustín ora y contempla a Dios

1– Cómo invocar a Dios

Eres grande, Señor, y muy digno de alabanza ; tu poder es grande y tu sabiduría es incalculable . ¿Y pretende alabarte el hombre, partícula de tu creación, y precisamente el hombre que lleva en torno su destino mortal, lleva consigo el testimonio de su pecado y el testimonio de que resistes a los soberbios? Sin embargo, el hombre, partícula de tu creación, quiere alabarte. Tú mismo le excitas a ello, haciendo que se deleite en alabarte, porque nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que repose en ti. Concédeme, Señor, conocer y entender qué es primero, si invocarte o alabarte, o si es antes conocerte que invocarte. Pero ¿cómo pueda invocarte quien no te conoce? Porque, por ignorancia, fácilmente podrá invocar una cosa por otra. ¿Acaso, más bien, no habrás de ser invocado para ser conocido? Pero ¿y cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán si no se les anuncia? Ciertamente, alabarán al Señor los que lo buscan , porque los que le buscan, lo hallan y los que lo hallan, lo alabarán. Que yo, Señor, te busque invocándote y te invoque creyendo en ti, pues nos llegó tu anuncio. Invócate, Señor, mi fe, la fe que tú me diste e inspiraste por la humanidad de tu Hijo y el misterio de tu Anunciador. (Confesiones 1, 1, 1).

2 - ¿Qué eres, mi Dios?

Pues ¿qué eres entonces mi Dios? ¿Qué otra cosa, sino el Señor Dios? ¿Y quién es Señor fuera del Señor y quién Dios fuera de nuestro Dios? Sumo, óptimo, poderosísimo, omnipotentísimo, misericordiosísimo y justísimo; secretísimo y presentísimo, hermosísimo y fortísimo, estable e incomprensible, inmutable que todo mudas; nunca nuevo y nunca decrépito; renueva todas las cosas y conduce a la decadencia a los soberbios sin ellos saberlo; siempre activo obrando y siempre en reposo; siempre recogiendo y nunca necesitado; siempre sosteniendo, llenando y protegiendo; siempre creando, nutriendo y perfeccionando; siempre buscando y nunca falto de nada. Amas pero no en modo desenfrenado; tienes celos y estás seguro; te arrepientes pero no sufres; te aíras y estás tranquilo; mudas de obra, pero no de consejo; recuperas todo lo que encuentras pero que nunca has perdido; nunca estás pobre y te gozas con los lucros; no eres avaro y exiges intereses. Te prestamos para hacerte nuestro deudor; pero ¿quién es el que tiene algo que no sea tuyo, pagando tú deudas que no debes a nadie y perdonando deudas, sin perder nada con ello? ¿Y qué es cuanto hemos dicho, Dios mío, vida mía, dulzura mía santa, o qué es lo que puede decir alguien cuando habla de ti? Al contrario, ¡ay de los que se callan de ti!, porque no son más que mudos charlatanes. (Confesiones 1, 4, 4)

3 – Tú eres mi salvación

¿Quién me hará descansar en ti? ¿Quién hará que vengas a mi corazón y le embriagues? Entonces me olvidaría de mis maldades y me abrazaría contigo, mi único bien. ¿Qué es lo que eres para mí? Apiádate de mí para que te lo pueda decir. ¿Y qué soy yo para ti para que me mandes que te ame y si no lo hago te aíres contra mí y me amenaces con ingentes miserias? ¿Acaso es ya pequeña la misma miseria de no amarte? ¡Ay de mí! Dime por tus misericordias, Señor y Dios mío, qué eres para mí. Di a mi alma: “Yo soy tu salvación.” Dilo de forma que yo lo escuche. Los oídos de mi corazón están ante tu boca, Señor. Ábrelos y di a mi alma: “Yo soy tu salvación”. Corriendo tras esta voz, yo te alcanzaré, y Tú no me escondas tu rostro. Muera yo para que no muera y para que lo vea. (Confesiones 1, 5, 5)

4 – Mi alma es tu casa

Angosta es la casa de mi alma para que tu puedas entrar: ensanchala entonces, está en ruinas: repárala. Hay en ella cosas que pueden ofender tu mirada: lo admito y lo sé; pero ¿quién podrá purificarla, o a quién otro clamaré fuera de ti: puríficame Señor de mis fealdades que yo mismo ignoro, y de las ajenas salvame? Creo, por eso hablo . Tú lo sabes, Señor. ¿Acaso no he confesado ante ti mis delitos contra mí, ¡oh Dios mío!, y tú has remitido la impiedad de mi corazón? No quiero contender en juicio contigo, que eres la verdad, y no quiero engañarme a mí mismo, para que no se engañe a sí misma mi iniquidad . No quiero contender en juicio contigo, porque si miras a las iniquidades, Señor, Señor, ¿quién subsistirá? (Confesiones 1, 5, 6)

5 - Alabanzas a ti, Dios de mi vida

Señor, Dios mio, tú que juhas dado al niño junto a su vida un cuerpo, que lo has dotado de sentidos y de miembros bien unidos, de aspecto agraciado y de instincto, apto a cumplir todo esfuerzo posible a un ser vivo para preservar la incolumidad del propio organismo, tu me mandas que te alabe y te confiese y cante a tu nombre, oh Altísimo. Porque serías Dios omnipotente y bueno aunque no hubieras creado más que estas solas cosas, que ningún otro puede hacer más que tú. Uno, de quien procede toda modalidad; Hermosísimo, que das forma a todas las cosas y con tu ley las ordenas todas. Vergüenza me da, Señor, tener que asociar a la vida que vivo en este siglo aquella edad que no recuerdo haber vivido y sobre la cual he creído a otros y yo conjeturo haber pasado, por verlo así en otros niños, bien que esta conjetura merezca toda fe. Porque en lo referente a las tinieblas en que está envuelto mi olvido de ella corre parejas con aquella que viví en el seno de mi madre. Ahora bien, si yo fui concebido en iniquidad y me alimentó en pecados mi madre en su seno, ¿dónde, te suplico, Dios mío; dónde, Señor, yo, tu siervo, dónde o cuándo fui yo inocente? (Confesiones 1, 7, 12)

6 – Señor, que yo te ame fortísimamente

Escucha, Señor, mi oración , para que no desfallezca mi alma bajo tu disciplina ni me canse en confesar tus misericordias, con las cuales me sacaste de mis pésimos caminos, para serme dulce sobre todas las dulzuras que seguí, y así te ame fortísimamente, y estreche tu mano con todo mi corazón, y me libres de toda tentación hasta el fin. Pues, no eres tú, Señor, mi rey y mi Dios. A tu servicio se dirija cuanto útil aprendí de niño y para tu servicio sea cuanto hablo, escribo, leo y cuento. (Confesiones 1, 15, 24)

7 – ¡Oh tardo gozo mío!

Me había vuelto sordo con el ruido de la cadena de mi mortalidad, justo castigo de la soberbia de mi alma, y me iba alejando cada vez más de ti, y tú lo consentías; y me agitaba, y derramaba, y esparcía, y me inquietaba con mis fornicaciones; y tú callabas. ¡Oh tardo gozo mío!; tú entonces callabas , mientras yo me iba cada vez más lejos multiplicando las semillas estériles del sufrimiento, orgulloso de mi abyección e insatisfecho con mi cansancio. (Confesiones 2, 2, 2)

8 - Tú estás siempre cerca

Tú, Señor, también regulas las ramas de nuestra muerte, y con mano suave puedes limar las espinas, que quisiste estuviesen excluidas de tu paraíso! Porque no está lejos de nosotros tu omnipotencia, aun cuando nosotros estemos lejos de ti. (Confesiones 2, 2, 3 )

9 - Señor, que nos das el dolor como maestro

Tú estabas siempre presente con tus tormentos piadosos, rociando con las amarguras más repugnantes todos mis goces ilícitos para llevarme a buscar el deleite que no repugna. Y donde lo hubiese hallado, te habría encontrado a tí, a tí Señor, que das como maestro el dolor, y hieres para sanar, y nos das muerte para que no muramos sin ti. (Confesiones 2, 2, 4).

10 – Exhortaciones y solicitudes de mi madre

¡Ay de mí! ¿Y me atrevo a decir que callabas cuando me iba alejando de ti? ¿Es verdad que tú callabas entonces conmigo? ¿Y de quién eran, sino tuyas, aquellas palabras que por medio de mi madre, tu creyente, cantaste en mis oídos, aunque ninguna de ellas penetró en mi corazón para ponerlas en práctica? Quería ella - ¡recuerdo la preocupación acuciante de sus advertencias! -que no fornicase y especialmente del adulterio con cualquier mujer. Yo los tomaba como advertencias de una mujer débil, a las que me hubiera avergonzado obedecer. Mas en realidad tuyas eran, aunque yo no lo sabía, y por eso creía que tú callabas y que era ella la que me hablaba, siendo tú despreciado por mí en ella, por mí, su hijo, hijo de tu sierva y siervo tuyo, que no cesabas de hablarme por su medio. Pero yo no lo sabía, y me precipitaba con tanta ceguera en el abismo. (Confesiones 2, 3, 7)

11 - ¡Te amaré, Señor!

¿ Cómo remunerar al Señor de que mi memoria recuerda similares acciones y mi alma no se altera? Te amaré, Señor, y te daré gracias y confesaré tu nombre por haberme perdonado tantas y tan nefandas acciones mías. A tu gracia y misericordia debo que hayas deshecho mis pecados como hielo y no haya caído en otros muchos. ¿Qué pecados realmente no pude yo cometer, yo, que amé gratuitamente el crimen? Confieso que todos me han sido ya perdonados, así los cometidos voluntariamente como los que dejé de hacer por tu favor. (Confesiones 2, 7, 15)

12 – Te deseo

Te deseo, justicia e inocencia bella y adornada con tus luces puras, y con una insaciable saciedad. Sólo en ti se halla el descanso supremo y la vida sin perturbación. Quien entra en ti entra en el gozo de su Señor y no temerá y se hallará sumamente bien en el sumo bien. Yo me alejé de ti y anduve errante, Dios mío, muy fuera del camino de tu estabilidad allá en mi adolescencia y llegué a ser para mí región de esterilidad. (Confesiones 2, 10, 18)

13 – ¡Oh, Dios compasivo!

Tú, Dios mío, que amas las almas, sientes una misericordia infinitamente más pura e incorruptible que la nuestra,porque no te hiere ningún dolor. Pero, ¿quién es capaz de tanto? (Confesiones 3, 2, 3)

14 – El nombre de Cristo lo había yo bebido con la leche de mi madre

¡Cómo ardía, Dios mío, cómo ardía en deseos de remontar el vuelo de las cosas terrenas hacia ti, aun ignorando lo que tú querías hacer de mi! Porque en ti está la sabiduría . Y el amor a la sabiduría tiene un nombre en griego, que se dice filosofía, al cual me encendían aquellas páginas. También se pone allí de manifiesto aquel saludable aviso de tu Espíritu, dado por medio tu siervo bueno y pío: Cuidado, que nadie los engañe con la filosofía y con las vanas seducciones, propias de la tradición humana, propias de los príncipes de este mundo, pero no propias de Cristo, porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad. En ese tiempo -tú lo sabes bien, luz de mi mente-, yo no conocía el consejo de tu Apóstol, sólo me deleitaba en aquella exhortación el que me excitaba, encendía e inflamaba con su palabra a amar, buscar, lograr, retener y abrazar fuertemente no esta o aquella secta, sino la Sabiduría misma, estuviese dondequiera. Sólo una cosa me resfriaba tan gran incendio, y era la ausencia en esas páginas del nombre de Cristo. Porque este nombre, Señor, este nombre de mi Salvador, tu Hijo, lo había yo por tu misericordia bebido piadosamente con la leche de mi madre y lo conservaba en lo más profundo del corazón; y así, cuanto estaba escrito sin este nombre, por muy verídico, elegante y erudito que fuese, no me arrebataba del todo. (Confesiones 3, 4, 8)

15 - ¡Oh Verdad, Verdad!

¡Oh verdad, verdad!, cuán íntimamente suspiraba entonces por ti desde los meollos de mi alma, mientras que esa gente me aturdía muy seguido y de diferentes maneras, solo con el sonido de tu nombre y con la multitud de sus grandes volúmenes. En las bandejas que se ofrecen a mi hambre de ti, en cambio tuyo, me servían el sol y la luna, creaturas tuyas, y bellas, pero al fin obras tuyas, no a ti misma, y ni aun siquiera tus primeras creaturas, porque las preceden las creaturas espirituales, siendo estas corporales, si bien luminosas y celestiales. Pero yo tenía hambre y sed no de aquellas primeras, sino de ti misma, ¡oh verdad, en quien no hay mudanza alguna ni obscuridad momentánea! Y continuaban aquéllos sirviéndome en dichas bandejas espléndidos fantasmas, en orden a los cuales hubiera sido mejor amar este sol, al menos verdadero a la vista, que no aquellas falsedades que por los ojos del cuerpo engañaban al alma. Mas como las tomaba por ti, comía de ellas, no ciertamente con avidez, porque no me sabían a ti -que no eras aquellos vanos fantasmas- ni me nutría con ellas, antes me sentía cada vez más agotado. Y es que, el manjar que se toma en sueños, no obstante ser muy semejante al que se toma despierto, no alimenta a los que duermen, porque están dormidos. Pero los bocados que me daban no eran en nada semejantes a ti, como te conozco ahora que me has hablado. Porque eran fantasmas corpóreos o falsos cuerpos, en cuya comparación son más ciertos estos cuerpos verdaderos que vemos con los ojos de la carne -sean celestes o terrenos- al par que los brutos y aves. Vemos estas cosas y son más reales que cuando las imaginamos, y a su vez, cuando las imaginamos, más reales que cuando por medio de ellas conjeturamos otras mayores e infinitas, que en modo alguno existen; como las vanidades de las que me nutría sin nutrirme. Mas tú, Amor mío, en quien desfallezco para ser fuerte, ni eres estos cuerpos que vemos, aunque sea en el cielo, ni los otros que no vemos allí, porque tú eres el Creador de todos éstos, sin que los tengas por las más altas creaciones de tu mano. ¡Qué lejos estabas de mis fantasias de entonces, fantasias de cuerpos privados de toda realidad, más reales de ellas son las imágenes de los cuerpos existentes, y más reales que estas los mismos cuerpos, los cuales, sin embargo, no eres tú! Pero ni siquiera eres el alma que da vida a los cuerpos -y como vida de los cuerpos, mejor y más cierta que los cuerpos-, sino que tú eres la vida de las almas, la vida de las vidas que vives por ti misma y no te cambias: la vida de mi alma. (Confesiones 3, 6, 10)

16 - Tú estabas más dentro de mí y más elevado que yo

Pero ¿dónde estabas entonces, y cuán lejos de mí? Yo andaba lejos de ti, privado hasta de las bellotas de los puercos que yo apacentaba con ellas. ¡Cuán mejores son las fábulas de los maestros escolares y de los poetas, que aquellas trampas! Ciertamente los versos de las poesías son más útiles que los cinco elementos diversamente disfrazados, conforme a los cinco antros o cuevas tenebrosas, puros inventos, pero que dan muerte a quien los cree. Los versos poéticos los puedo convertir en alimento; y en cuanto al vuelo de Medea, si bien lo recitaba, no lo afirmaba; y si gustaba de oírlo, no lo creía. En cambio en las otras he creído, para mi desgracia. ¡Ay, ay de mí, por, qué grados fui descendiendo hasta las profundidades del abismo, febricitante y tormentado por la sed de la verdad! Y todo, Dios mío- a quien me confieso por haber tenido misericordia de mí cuando aún no te confesaba-, todo por buscarte no con la inteligencia -con la que quisiste distinguirme de las bestias-, sino con los sentidos de la carne. Porque tú estabas dentro de mí, más interior que lo más íntimo mío y más elevado que lo más sumo mío. Así vine a dar con aquella mujer imprudente y escasa de sabiduría -enigma de Salomón- que, estaba en la puerta, sentada en una silla, y dice a los que pasan: Saboreen los panes escondidos y gusten de la tan dulce agua robada. Ella me sedujo porque me encontró afuera, instalado en el ojo de mi carne, rumiando las cosas que por esa vía había ingerido. (Confesiones 3, 6, 11)

17 - ¿Qué soy yo sin ti?

¿Qué soy yo sin ti, sino un guía que lleva al precipio? ¿Y aun cuando estoy bien, qué soy, sino uno que bebe tu leche y se nutre de ti, alimento incorruptible? ¿Y quién es el hombre, cualquier hombre, como hombre? Ríanse de nosotros los fuertes y poderosos, que nosotros, débiles y pobres, confesaremos tu santo nombre. (Confesiones 4, 1, 1)

18 – Escucha mi llanto

Ahora, Señor, todo eso ya se ha pesado y el tiempo ha aliviado mi herida, ¿puedo oír de ti, que eres la misma verdad, y acercar a tu boca el oído de mi corazón, para que me digas cómo es posible que el llanto resulte dulce a los infelices? ¿Acaso tú, aunque presente por doquier, has arrojado lejos de ti nuestra infelicidad y permaneces estable en ti, mientras que nosotros nos movemos en una serie de pruebas? Y, sin embargo, es cierto que, si no pudiésemos llorar contra tus oídos, no quedaría nada de nuestra esperanza. ¿Cómo puede ser entonces, que de las amarguras de la vida se recoja un fruto dulce de gemidos y llantos, de suspiros y lamentos? Acaso la dulzura nace de la esperanza que tú los escuches? Así es cuando se trata de las súplicas, las cuales llevan en sí siempre el deseo de llegar a ti; pero ¿podía decirse lo mismo del dolor de la cosa perdida o del llanto en que estaba yo entonces inundado? Porque yo no esperaba que mi amigo resucitara, ni pedía esto con mis lágrimas, sino que me contentaba con dolerme y llorar, porque estaba infeliz y había perdido mi gozo. ¿Acaso también el llanto, cosa amarga de suyo, nos es deleitoso, cuando por el hastío aborrecemos aquellas cosas que antes nos eran gratas? (Confesiones 4, 5, 10)

19 - Dios, esperanza mía

He aquí mi corazón, Dios mío; helo aquí en lo íntimo. Míralo a través de mis recuerdos, oh esperanza mía, tú que me purificas de las impurezas de estos sentimientos, dirigiendo mis ojos hacia ti, y arrancando mis pies de los lazos que los aprisionaban. (Confesiones 4, 6, 11)

20 - Dios de las virtudes, vuélvete a mi

¡Oh Dios de las virtudes!, conviértenos y muéstranos tu rostro y seremos salvos. Porque, adondequiera que se vuelva el alma del hombre y se apoye fuera de ti, hallará siempre dolor, aunque se apoye en las hermosuras que están fuera de ti y fuera de ellas, las cuales, sin embargo, no serían nada si no estuvieran en ti. Nacen éstas y mueren, y naciendo, digamos que comienzan a ser, y crecen para llegar a perfección, y ya perfectas, comienzan a envejecer hasta perecer. No todas las cosas envejecen, mas todas perecen… Alábate por ellas mi alma, “¡oh Dios creador de cuanto existe!”; pero no se pegue a ellas con el visco del amor por medio de los sentidos del cuerpo (Confesiones 4, 10, 15)

21 - Escucha, alma mia…

No quieras ser vana, alma mía, ni ensordezcas el oído de tu corazón con el tumulto de tu vanidad. Oye también tú. El mismo Verbo clama que vuelvas, porque sólo hallarás lugar de descanso imperturbable donde el amor no es abandonado, si él no nos abandona. He aquí que aquellas cosas se retiran para dar lugar a otras y así se componga este bajo universo en todas sus partes. “Pero ¿acaso me retiro yo a algún lugar”, dice el Verbo de Dios? Pues fija allí tu mansión, confía allí cuanto de allí tienes, alma mía, siquiera fatigada ya con tantos engaños. Encomienda a la Verdad cuanto de la verdad has recibido y no perderás nada, ante se florecerán tus partes podridas, y serán sanas todas tus dolencias y reformadas y renovadas y unidas contigo tus partes inconsistentes, y no te arrastrarán ya al lugar adonde ellas caminan, sino que permanecerán contigo para siempre donde está Dios, que nunca se muda y eternamente permanece. (Confesiones 4, 11, 16)

22 - ¡ Amémosle, amémosle!

Si te gustan los cuerpos alaba a Dios por ellos, dirige tu amor a su artífice para evitar desagradarle por el placer de las cosas. Si te agradan las almas, ámalas en Dios, porque, si bien son mudables, fijas en él, permanecerán; de otro modo desfallecerían y perecerían. Amalas en Él, arrebata contigo hacia Él a cuantos puedas y diles: “Amémosle, amémosle: Él es el creador de estas cosas y no está lejos, porque después de haberlas creado no las ha abandonado, pero de Él provienen, y en Él están”. ¿Dónde está? ¿Dónde se gusta la verdad? En el íntimo del corazón, pero el corazón se alejó de Él. Volved prevaricadores a vuestro corazón y adheríos a él, que es vuestro Creador. Estén con él, y permanecerán estables; descansen en él, y tendrán reposo. ¿Adónde van, a las tribulaciones? ¿Adónde van? El bien que aman, proviene de él, pero sólo en cuanto a él se refiere es bueno y suave; pero justamente será amargo si, abandonado Dios, injustamente se amará lo que de él procede. ¿Por que andan todavía por caminos difíciles y penosos? No está el descanso donde lo buscan. Busquen lo que buscan, pero sepan que no está donde lo buscan. Buscan la vida en la región de la muerte: no está allí. ¿Cómo hallar vida bienaventurada donde no hay vida siquiera? (Confesiones 4, 12, 18)

23 - ¿Hasta cuándo seréis duros de corazón?

Descendió al mundo, nuestra vida, la verdadera, tomó sobre sí nuestra muerte y la mató con la abundancia de su vida; nos gritó tronando que dejemos el mundo y retornemos a Él, en aquel sagrario de donde salió para nosotros, pasando primero por el seno virginal de María, en el que se desposó con la humana naturaleza, carne mortal, para no ser siempre mortal; De aquí como esposo que sale de su tálamo, se esforzó alegremente, como un gigante, para correr su camino . Porque no se retardó, sino que corrió dando voces con sus palabras, con sus obras, con su muerte, con su vida, con su descendimiento y su ascensión, clamando que nos volvamos a él, pues si partió de nuestra vista fue para que entremos en nuestro corazón y allí le hallemos; porque si partió, aún está con nosotros. No quiso estar mucho tiempo con nosotros, pero no nos abandonó. Se fue a un lugar del que nunca se había ido, porque Él hizo el mundo y en este mundo estaba y en este mundo vino para salvar a los pecadores. Mi alma se confiesa a Él, y Él le sana sus pecados. Hijos de los hombres ¿hasta cuándo seréis duros de corazón? Aun cuando la vida bajó a vosotros , ¿no queréis ascender para vivir? ¿Adónde suben si ya están en lo alto y han puesto la boca en el Cielo? Desciendan para ascender a Dios, ya que han caído ascendiendo contra Dios”. Diles estas palabras, alma mía, para que lloren en este valle de lágrimas, y así capturalos contigo hacia Dios. Porque, si se las dices ardiendo en llamas de caridad, con espíritu divino se las dices. (Confesiones 4, 12, 19).

24 – Tú resistías a mi obstinación pomposa

Yo me esforzaba por llegar a ti, mas tú me rechazabas para que gustase de la muerte, porque tú resistes a los soberbios . ¿Y existe mayor soberbia que la mia cuando afirmaba con incomprensible locura, ser por naturaleza lo que eres Tú? Yo era mudable, y lo comprendìa muy bien por el deseo del saber para volverme de peor a mejor; prefería, sin embargo, juzgarte mudable antes que no ser yo lo que tú. Por esto tus rechazos, tus resistencias a mis obstinaciones soberbias. Fijaba mi imaginación en formas corporales, era carne y acusaba a la carne; era como un soplo pasajero y todavía no volvía a ti; y caminando, marchaba hacia aquellas cosas que no son nada ni en ti, ni en mí, ni en el cuerpo; ni me eran sugeridas por tu verdad, sino que eran fingidas por mi vanidad según los cuerpos; y decía con estúpida petulancia, a tus pequeños, a tus fieles, mis conciudadanos, de los que yo sin saberlo andaba desterrado: “¿Por qué debe engañarse el espíritu, si es creado por Dios?” mas no quería se me dijese: “¿Por qué entonces debería engañarse Dios?”. Preferìa sostener que tu substancia inmutable estaba obligada a errar, antes que reconocer que la mía, mudable, se había desviado espontáneamente y en castigo erraba. (Confesiones 4, 15, 26)

25 - ¡Oh, dulce verdad!

Sin embargo tendía estos oídos, ¡oh dulce verdad!, a tu interior melodía, en el mismo acto de meditar sobre la belleza y la conveniencia. Mi deseo era de estar ante ti, de escucharte, y gozarme con gran alegría por la voz del Esposo; pero no podía, porque las voces de mi error me arrebataban hacia afuera y con el peso de mi soberbia caía de nuevo en el abismo. Porque todavía no dabas gozo y alegría a mis oídos ni se alegraban mis huesos, que no habían sido aún humillados . (Confesiones 4, 15, 27)

26 - Tú nos proteges y nos sostienes

¡Oh Dios y Señor nuestro! Esperemos al abrigo de tus alas y protégenos y sostiénenos. Tú nos llevarás, sí. Tú nos sostendrás desde pequeños, y hasta que seamos canosos tú nos sostendrás. Nuestra firmeza, cuando se basa en ti, entonces es firmeza; mas cuando se basa en nosotros, entonces es debilidad. Nuestro bien vive siempre contigo, y así, cuando nos apartamos de él, nos pervertimos. Volvamos ya, Señor, para que no estar trastornados. En ti vive sin ningún defecto nuestro bien, que eres tú, y no temamos, a nuestro retorno, no encontrar el nido del que nos hemos precipitado. Nuestra casa no cambia durante nuestra ausencia: ella es tu eternidad (Confesiones 4, 16, 31).

27 - El canto de las alabanzas

<p<Recibe, Señor, el sacrificio de mis Confesiones de mano de mi lengua, que tú formaste y moviste para que confesase tu nombre, y sana todos mis huesos y digan: Señor, ¿quién semejante a ti? Nada, en verdad, te enseña de lo que pasa en él quien se confiesa a ti, porque no hay corazón cerrado que pueda sustraerse a tu mirada ni hay dureza de hombre que pueda repeler tu mano, antes la abres cuando quieres, o para compadecerte o para castigar y no hay nadie que se esconda de tu calor . Mas alábete mi alma para que te ame, y confiese tus misericordias para que te alabe. No cesan ni callan tus alabanzas las criaturas todas del universo, ni los espíritus todos con su boca vuelta hacia ti, ni los animales y cosas corporales por boca de los que las contemplan, a fin de que, apoyándose en estas cosas que tú has hecho, se levante hacia ti nuestra alma de su laxitud y pase a ti, su creador admirable, donde está la abundancia y verdadera fortaleza. (5, 1, 1).

28 - Estás presente en todas partes

29 - ¡Dios de los humildes!

Tú eres grande, Señor, y miras a los humildes, y conoces de lejos a los excelsos , y no te acercas sino a los contritos de corazón, ni serás hallado de los soberbios, aunque con curiosa pericia cuenten las estrellas del cielo y arenas del mar y midan las regiones del cielo e investiguen el curso de los astros. (5, 3, 3).

30 - La perversa ceguera de los orgullosos sabiondos

En cambio, ellos no conocieron el camino, tu Verbo, con quien has creado lo que ellos calculan, ellos mismos que calculan, el sentido con el que advierten lo que calculan, y la mente en virtud de la cual las calculan; mientras que tu sabiduría es incalculable. El mismo Unigénito se ha hecho para nosotros sabiduria, justicia y santificación, y ha sido numerado entre nosotros y ha pagado tributo a César. No conocieron este camino, No conocieron este camino, por el que, descendiendo de sí, bajasen a él y por él subiesen al mismo; no conocieron, digo, este camino y se creyeron mas elevados y resplandecientes que estrellas, y así vinieron a rodar por tierra, obscureciéndose su necio corazón. Cierto que dicen muchas cosas verdaderas de las criaturas, pero como no buscan piadosamente la Verdad, es decir, al artífice de la criatura, de ahí que no le encuentren, y si le encuentran, reconociéndole por Dios, no le honran como a Dios ni le dan gracias, antes se desvanecen con sus lucubraciones y dicen de sí que son sabios, atribuyéndose a sí lo que es tuyo y, por lo mismo, atribuyéndote a ti con perversísima ceguedad sus cosas, es decir, sus mentiras; a ti, que eres la misma Verdad, transformando la gloria de un Dios incorruptible por la semejanza de imagen de un hombre corruptible, de aves, cuadrúpedos y serpientes. Y convierten tu verdad en su mentira, y adoran y sirven a la criatura más bien que al Creador (5, 3, 5).

31 - Bienaventurado el que conoce a Dios

Señor, Dios de la Verdad, ¿acaso basta saber estas cosas para agradarte? ¡Infeliz el hombre que sabiéndolas todas te ignora a ti, y feliz, en cambio, quien te conoce, aunque ignore aquéllas! En cuanto a aquel que te conoce a ti y a aquéllas, no es más feliz por causa de éstas, sino únicamente es feliz por ti, si, conociéndote, te glorifica como a tal y te da gracias y no se pierde en vanos pensamientos. Porque así como es mejor el que sabe poseer un árbol y te da gracias por su utilidad, aunque ignore cuántos codos tiene de alto y cuántos de ancho, que no el que lo mide y cuenta todas sus ramas, mas no lo posee, ni conoce, ni ama a su Creador, así el hombre de fe -cuyas son todas las riquezas del mundo y que, aun no teniendo casi nada, lo posee todo, por estar unido a ti, dueño de todas las cosas-, aunque no sepa siquiera el curso de los septentriones, es -sería necio dudarlo- ciertamente mejor que aquel que mide los cielos, y cuenta las estrellas, y pesa los elementos, pero es negligente contigo, que has dispuesto todas las cosas en número, peso y medida (5, 4, 7).

32 - Señor, juez de mi conciencia

¿Es así o no como lo recuerdo, Señor y Dios mío, juez de mi conciencia? Delante de ti están mi corazón y mi memoria, quien entonces obraba conmigo en el escondido secreto de tu providencia y ponías ante mis ojos mis vergonzosos errores para que los viese y los odiase. (5, 6, 11).

33 - Tú guías mis pasos

Tus manos, Dios mío, no abandonaban de verdad a mi alma en el secreto de tu providencia, y el corazón sangrante de mi madre no cesaba día y noche de ofrecerte en sacrificio por mí- sus lágrimas. Y tú, Señor, obraste conmigo por modos admirables, pues obra tuya fue aquélla, Dios mío. Porque el Señor es quien dirige los pasos del hombre y quien escoge su camino . Y ¿quién podrá procurarnos la salud, sino tu mano, que rehace lo que ha hecho? (5, 7, 13).

34 - ¿Dónde estabas, oh Dios?

Oh esperanza mia desde mi juventud, ¿dónde estabas para mí o a qué lugar te habías retirado? ¿Acaso no eras tú quien me había creado y diferenciado de los cuadrúpedos y hecho más sabio que las aves del cielo? Mas yo caminaba por tinieblas y resbaladeros y te buscaba fuera de mí, y no te hallaba, ¡oh Dios de mi corazón!, y había venido a dar en lo profundo del mar, y desconfiaba y desesperaba de hallar la verdad (6, 1, 1).

35 - Guarda il mio cuore, Signore!

Buscaba ansiosamente honores, riquezas y matrimonio , y tú te reías de mí. Y por culpa de estos deseos padecía amarguísimas molestias, siéndome tú tanto más propicio cuanto menos consentías que hallase dulzura en lo que no eras tú. Mira, Señor, mi corazón, tú qué quisiste que te recordase y confesase esto. Únase ahora a ti mi alma, a quien libraste del tan tenaz muérdago de la muerte. ¡Qué desgraciada era! Y tú la punzabas, Señor, en lo más dolorido de la herida, para que, dejadas todas las cosas, se convirtiese a ti, que estás sobre todas ellas y sin quien no existiría absolutamente ninguna; se convirtiese a ti, digo, y fuese curada. ¡Qué miserable era yo entonces y cómo obraste conmigo para que sintiese mi miseria! (6, 6, 9).

36 – Mi descanso

A ti sea la alabanza, a ti la gloria, ¡oh fuente de las misericordias! Yo me hacía cada vez más miserable y tú te acercabas más a mí. Ya estaba presente tu diestra para arrancarme del lodo de mis vicios y lavarme, y yo no lo sabía. Mas nada había que me apartase del profundo abismo de los deleites carnales como el miedo de la muerte y tu juicio futuro, que jamás se apartó de mi pecho a través de las varias opiniones que seguí. ¡Ay del alma imprudente que esperó, apartándose de ti, hallar algo mejor! Vueltas y más vueltas, de espaldas, de lado y boca abajo, todo lo halla duro, porque sólo tú eres su descanso. Y, hete aquí presente, y nos libras de nuestros miserables errores, y nos pones en tu camino, y nos consuelas, y dices: “Corran, que los llevaré y los conduciré a la meta, y todavía allí yo los llevaré” (6,16, 26).

37 - Delante de ti, mi corazón gimiente

Así, Ayudador mío, me habías liberado de estas cepas. Ahora buscaba el origen del mal y no hallaba su solución, mas no permitías ya que las olas de mi razonamiento me apartasen de la fe. Creía que existes, que tu sustancia es inconmutable, que tú gobiernas a todos los hombres, en tu justicia; y que has puesto el camino de la salud humana, en orden a aquella vida que ha de sobrevenir después de la muerte, en Cristo, tu hijo y Señor nuestro, y en las Santas Escrituras, que recomiendan la autoridad de tu Iglesia católica.Puestas, pues, a salvo estas verdades y fortificadas de modo inconcluso en mi alma, buscaba lleno de ardor de dónde venía el mal. Y ¡qué tormentos de parto eran aquellos de mi corazón!, ¡qué gemidos, Dios mío! Allí, sin yo saberlo, estabas tú escuchándolos. Y como en silencio te buscaba yo fuertemente, grandes eran las voces que elevaban hacia tu misericordia las tácitas contriciones de mi alma. Tú sabías lo que yo padecía, pero no ninguno de los hombres. Porque era una muy pequeña parte de mi tormento lo que mi lengua comunicaba a los oídos de mis amigos más íntimos. ¿Acaso percibían ellos todo el tumulto de mi alma, para declarar el cual no bastaban ni el tiempo ni la palabra? Sin embargo, llegaba completo hacia tus oídos el rugido de mi corazón gimiente y ante ti estaba mi deseo; pero la lumbre de mis ojos no estaba conmigo, porque ella estaba dentro y yo fuera; ella no ocupaba lugar alguno y yo fijaba mi atención en las cosas que ocupan lugar, por lo que no hallaba en ellas lugar de descanso ni me acogían de modo que pudiera decir: “¡Es suficiente! ¡Aquí estoy bien!”; ni me dejaban volver adonde me hallase suficientemente bien. Porque yo era superior a estas cosas, aunque inferior a ti; y tú eras gozo verdadero para mí sometido a ti, así como tú sujetaste a mí las cosas que creastes inferiores a mí. Y éste habría sido el equilibrio perfecto y el centro de mi salvación: me hubiera quedado a imagen tuya y juntamente, sirviéndote a ti, habría dominado mi cuerpo. Mas habiéndome yo levantado soberbiamente contra ti, me lanzaba contra mi Señor tras el escudo de mi obstinación, estas cosas débiles se pusieron también sobre mí y me oprimían y no me dejaban un momento de descanso ni de respiración. Cuando yo las miraba me salían al encuentro amontonada y confusamente de todas partes; cuando me concentraba, imágenes de cuerpos me impedian el camino de regreso, como diciéndome: “¿Adónde vas, indigno e inmundo?”. Eran todas germinaciones de mi llaga. Has humillado al soberbio como a un herido; y me hallaba separado de ti por mi hinchazón, y mis mejillas demasiado hinchadas no dejaban a mis ojos ver (7, 7, 11).

38 – Mi aguijón

Pero tú, Señor, permaneces eternamente y no te enojas eternamente contra nosotros, porque te compadeciste de la tierra y ceniza y fue de tu agrado componer mis obscenidades. Tú me aguijoneabas con estímulos interiores para que estuviese insatisfecho, para que a mi mirada interior sólo tú fueras certeza. Y disminuía mi hinchazón bajo los cuidados de tu mano escondida; y la vista de mi mente, enturbiada y obscurecida, iba sanando de día en día con el fuerte colirio de saludables dolores (7, 8, 12).

39 - ¡Oh eterna verdad, y verdadera caridad, y amada eternidad!

Y, amonestado por esos escritos a volver a mí mismo, entré en mi interior guiado por ti; y lo pude hacer porque tú te hiciste mi ayuda. Entré y vi con el ojo de mi alma, por más que fuese turbio, sobre el mismo ojo de mi alma, sobre mi mente, una luz inmutable. No esta luz común, visible a toda carne, ni del mismo tipo pero más potente, como sería la luz común si brillase mucho, y mucho más resplandeciente y penetrase con su magnitud el universo. No era esto aquella luz, sino cosa distinta, muy distinta de todas las luces de esta tierra. Ni estaba sobre mi mente como está el aceite sobre el agua o el cielo sobre la tierra, sino estaba sobre mí, porque fue quien me ha creado, y yo debajo, por ser su criatura. Quien conoce la verdad, conoce esta luz, y quien la conoce, conoce la eternidad. La Caridad es quien la conoce. ¡Oh eterna verdad, y verdadera caridad, y amada eternidad! Tú eres mi Dios; por ti suspiro día y noche. Cuando te conocí por primera vez, tú me tomaste para que viese que existía lo que había de ver y que aún no estaba en condiciones de ver: te opusistes a mi mirada instable con tu rayo fulminante; y me estremecí de amor y de terror. Y advertí que me hallaba lejos de ti en una región diferente, donde me parecía oir tu voz de lo alto: “Manjar soy de grandes. Crece y me comerás. Ni tú me mudarás en ti como al manjar de tu carne, sino tú te mudarás en mí”. Y conocí que por causa de la iniquidad corregiste al hombre e hiciste que se secara mi alma como una tela de araña, y dije: ¿Entonces no es nada la verdad, por qué no se halla difundida por los espacios materiales finitos e infinitos? Y tú me gritaste de lejos: “Al contrario. Yo soy el que soy”. Estas palabras con el oído del corazón. Ahora no tenía más motivos para dudar. Me habría resultado más fácil dudar de mi existencia, que de la existencia de la verdad, que se percibe por la inteligencia de las cosas creadas (7, 10, 16).

40 - Me desperté en ti y te vi…

No tienen un sano juicio a los que les desagrada algo en tu creación, como no lo había para mí cuando me desagradaban muchas de las cosas hechas por ti. Pero porque mi alma no se atrevía a decir que le desplacía mi Dios, por eso no quería conocer por tuyo lo que le desagradaba. Y de aquí también que se fuera tras la opinión de las dos sustancias, en la que no hallaba descanso, y usando un lenguaje que no le pertenecía; luego había abandonado esa idea para construirse un dios esparcido por los infinitos espacios de todos los lugares, se había hecho para sí un dios esparcido por los infinitos espacios de todos los lugares, y le tenía por ti y le había colocado en su corazón, haciéndose por segunda vez templo de su ídolo, cosa abominable a tus ojos. Pero cuando, sin yo saberlo, tomaste mi cabeza entre tus brazos y cerraste mis ojos para que no viese la vanidad, me alejé un poco de mi, y se adormeció mi locura. Me desperté en ti y te vi, infinito pero de otra manera, visión que no procedía de la carne (7, 14, 20).

41 - Hacia el monte de Dios

Y me admiraba de que te amara ya a ti, no a un fantasma en tu lugar. Pero yo no era estable en el goce de mi Dios, sino que, atraído hacia ti por tu hermosura, era luego distraído por mi peso que me precipitaba gimiente a tierra. Siendo mi peso la costumbre carnal, mas conmigo era tu recuerdo (7, 17, 23).

42 – Jesús humilde

Yo buscaba el medio de adquirir suficiente fortaleza para gozarte; ni había de hallarla sino abrazándome con el Mediador entre Dios y los hombres, el hombre ,Cristo Jesús, que es sobre todas las cosas Dios bendito por los siglos. Él nos llama y dice: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”, y mezcla a la carne con alimento que yo no tenía fuerzas para tomar, por haberse hecho el Verbo carne, a fin de que fuese amamantada nuestra infancia por la Sabiduría, por la cual creaste todas las cosas. Pero yo, que no era humilde, no tenía a Jesús humilde por mi Dios, ni sabía de qué cosa pudiera ser maestra su flaqueza. Tu Verbo, verdad eterna, que trasciende las partes superiores de tu creación, levanta hacia sí a los que se someten; pero en las partes inferiores con nuestro barro se edificó para sí una casa humilde, por cuyo medio abatiera en sí mismo a los que había de someterse y los atrajese a sí, sanándoles la tumefacción y fomentándoles el amor, no sea que, fiados en sí, se fuesen más lejos, sino, por el contrario, se hagan débiles viendo ante sus pies, débil a la divinidad por haber participado de nuestra túnica de piel, y, cansados, se arrojen en ella, para que, al levantarse, ésta los eleve (7, 18, 24).

43 - Avidísima y beneficiosa lectura del Apóstol Pablo

Así, pues, tomé ávidamente las venerables Escrituras de tu Espíritu, y con preferencia a todos, al apóstol Pablo. Desaparecieron ante mí las ambigüedades, en las cuales me pareció, algún tiempo ,que se contradecía a sí mismo y que el texto de sus discursos a veces no concordaba con los testimonios de la Ley y de los Profetas; y apareció uno a mis ojos: el rostro de los castos oráculos y aprendí a alegrarme con estremecimiento. Comenzada la lectura, encontré que todo lo verdadero que había leído en los filósofos platónicos, aquí viene dicho con la garantía de tu gracia, para que quien ve no se enorgullezca, casi que no haya recibido lo que ve, pero la misma capacidad de ver. ¿Qué tiene que no lo haya recibido? Para que sea no sólo exhortado a que te vea, a ti, que eres siempre el mismo, sino también sanado, para que te posea; y quien está muy lejos para poder verte, emprenda el camino que lo conducirá a verte y a poseerte. Porque aunque el hombre se deleite con la ley de Dios según el hombre interior, ¿qué hará de aquella otra ley que lucha en sus miembros contra la ley de su mente, y que le lleva cautivo bajo la ley del pecado, que existe en sus miembros? Porque tú eres justo, Señor, y nosotros, en cambio, hemos pecado, hemos obrado inicuamente; y tu mano se ha hecho pesada sobre nosotros, y justamente hemos sido entregados en manos del pecador antiguo, del señor de la muerte, porque persuadió nuestra voluntad a conformarse a la suya, que no quiso persistir en tu verdad. ¿Qué hará el hombre miserable, quién lo librará del cuerpo mortal, sino tu gracia, por medio de Jesucristo, nuestro Señor, a quien tú generaste coeterno y creaste en el principio de tus caminos ; en quien no halló el Príncipe de este mundo nada digno de muerte y al que dio muerte, con lo que fue anulada la sentencia que había contra nosotros? Nada de esto dicen aquellas Letras. Ni tienen aquellas páginas el aire de esta piedad, ni las lágrimas de la confesión , ni tu sacrificio, ni el espíritu atribulado, ni el corazón contrito y humillado, ni la salvación de tu pueblo, ni la ciudad esposa, ni la promesa del Espíritu Santo, ni el cáliz de nuestro rescate. Allí nadie canta: ¿ “No va a ser mi alma sumisa a Dios? De él viene mi salvación. Él es mi Dios, mi salvador,y mi amparo, del cual no me apartaré ya más. Nadie allí oye el llamado: Vengan a mí los que sufren. Tienen al menos que aprender de él, porque es manso y humilde de corazón. Porque tú escondiste estas cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a los pequeños. Mas una cosa es ver desde una cima agreste la patria de la paz, y no hallar el camino que conduce a ella, y fatigarse en balde por regiones dispersas, bajo los asaltos y emboscadas de desertores fugitivos dirigidos por su jefe, león y dragón juntos, y otra es poseer la senda que conduce allí, defendida por los cuidados del celestial Emperador, inmunes al robo de los desertores de la celestial milicia, que la evitan como el suplicio. Todas estas cosas me entraban por las entrañas de modo maravilloso cuando leía al menor de tus apóstoles. El pensamiento de tus obras me había estremecido ( 7, 21, 27 ).

44 – Tú eres el camino

¡Dios mío!, que yo recuerde para darte gracias y confiese tus misericordias sobre mí. Que mis huesos se empapen de tu amor y digan: Señor, ¿quién se asemeja a ti? Rompiste mis ataduras; te ofreceré un sacrificio de alabanza”. Contaré cómo las rompiste, y todos los que te adoran dirán cuando lo oigan: “Bendito sea el Señor en el cielo y en la tierra; grande y admirable es el nombre suyo”. Tus palabras, Señor, se habían pegado permanentemente a mis entrañas y por todas partes me veía cercado por ti, tenía la certeza de tu vida eterna. Aunque no la viera más que en enigma y como en espejo, y así no tenía ya la menor duda sobre la sustancia incorruptible, por proceder de ella toda sustancia. Ya no deseaba estar más dudoso de ti, sino más estable en ti. En cuanto a mi vida temporal, todo eran vacilaciones, y debía purificar mi corazón de la vieja levadura, y hasta me agradaba el camino -el Salvador mismo-; pero tenía pereza de caminar por sus estrecheces (8, 1, 1).

45 - El buen pastor

¡Dios bueno!, ¿qué es lo que pasa en el hombre para que se alegre más de la salvación de un alma salvada inesperadamente de un gran peligro que si siempre hubiera conservado la esperanza, o no hubiera sido tanto el peligro? También tú, Padre misericordioso, gozas más de un penitente que de noventa y nueve justos que no tienen necesidad de penitencia; y nosotros oímos con gran alegría el relato de la oveja descarriada, que es devuelta al redil en los alegres hombros del Buen Pastor, y el de la dracma, que es repuesta en tus tesoros después de las felicitaciones de las vecinas a la mujer que la halló: y lágrimas de júbilo arranca de nuestros ojos la fiesta de tu casa, cada vez que en tu casa leemos del hijo menor que era muerto y revivió, había perecido y fue hallado. Y es que tú te gozas en nosotros y en tus ángeles, santos por la santa caridad, pues tú eres siempre el mismo, por conocer del mismo modo y no siempre las cosas son del mismo modo (8, 3, 6).

46 - Tormento y alegría

Lo mismo sucede con una alegría vergonzosa y abominable, o con lícita y permitida, o con la más sincera y honesta de las amistades, o lo que sucedió con aquel que estaba muerto y revivió, se había perdido y fue hallado: siendo siempre la mayor alegría precedida de la mayor pena. ¿Qué es esto, Señor, Dios mío? ¿En qué consiste que, siendo tú gozo eterno de ti mismo y gozando siempre de ti algunas criaturas que se hallan junto a ti, se halle esta parte inferior del mundo sujeta a alternativas de adelantos y retrocesos, de uniones y separaciones? ¿ Tal vez es la condición que has fijado para ella para que en lo más alto de los cielos hasta lo más profundo de la tierra, desde el principio de los tiempos hasta el fin de los siglos, desde el ángel hasta el gusano y desde el primer movimiento hasta el postrero, dispusiste uno a uno en su propio lugar todos los géneros de bienes y todas tus obras justas y los has puesto en práctica cada uno en su propio tiempo? ¡Ay de mí! ¡Cuán elevado eres en las alturas y cuán profundo en los abismos! Sin embargo no te alejas nunca de nosotros: a nosotros nos cuesta volver (8, 3, 8).

47 - Amemos, corramos

Bueno, Señor, manos a la obra; despiértanos y vuelve a llamarnos, enciéndenos y arrebátanos, derrama tus fragancias y senos dulce. Amemos, corramos. ¿No es cierto que muchos se vuelven a ti de un abismo de ceguedad más profundo aún que el de Victorino, y se acercan a ti y son iluminados, recibiendo aquella luz, con la cual, quienes la reciben, juntamente reciben la potestad de hacerse hijos tuyos? Ahora bien, si no son bien conocidos por la gente, también todos los que los conozcan poco se alegrarán de ellos. Una alegría compartida por muchos es más abundante para cada uno, por enfervorizarse y encenderse unos con otros; y luego la gran fama refuerza y extiende a un gran número de gente el llamado a la salvación, yendo delante de muchos que los han de seguir; razón por la cual se alegran mucho de tales convertidos aun los mismos que les han precedido, por no alegrarse de ellos solos. Lejos de mí pensar que sean en tu casa más aceptas las personas de los ricos que las de los pobres y las de los nobles más que las de los plebeyos, cuando más bien elegiste las cosas débiles para confundir las fuertes, y las innobles y despreciadas de este mundo y las que no tienen ser como si lo tuvieran, para destruir las que son (8, 4, 9).

48 – ¿Donde huir lejos de mi?

Mientras él hablaba, tú, Señor, me hacías replegarme en mí mismo, quitándome detrás de mi espalda, adonde yo me había puesto para no verme, y poniéndome delante de mi rostro para que viese cuán feo era, cuán deforme y sucio, manchado y ulceroso. Visión horrible, pero ¿dónde huir lejos de mí?. Y si intentaba apartar la vista de mí, con la narración que me hacía Ponticiano, de nuevo me ponías frente a mí y me arrojabas contra mis ojos, para que descubriese mi iniquidad y la odiase. Bien la conocía, pero la disimulaba, y reprimía, y olvidaba (8, 7, 16).

49 - Tú, suprema dulzura

¡Oh Señor!, siervo tuyo soy, siervo tuyo soy e hijo de tu sierva. Puesto que rompiste mis ataduras, yo te ofreceré una víctima en sacrificio de alabanza. Te alaben mi corazón y mi lengua; y que todos mis huesos digan: “Señor, ¿quién semejante a ti?” Díganlo, y tú respondeme, dile a mi alma: “Yo soy tu salvación”. ¿Quién era yo y cómo era? ¿Qué malicia tuvieron mis obras, y si no mis obras, mis palabras, y si no mis palabras, mis deseos? Mas tú, Señor, eres bueno y misericordioso; con tu mano, explorando las profundidades de mi muerte, has limpiado desde el fondo el abismo de corrupción de mi corazón. Todo ello ocurrió cuando no quise más lo que yo quería, mas quise lo que querías tú. Pero ¿dónde estaba durante aquellos largos años mi libre albedrío y de qué bajo y profundo calabozo fué sacado al instante, para que yo pusiese mi cuello a tu yugo suave y el hombro a tu carga ligera? ¡oh Cristo Jesús!, mi socorro y mi redentor . ¡Oh, de repente fue dulce para mí privarme de las dulzuras frívolas. Antes temía perderlas, ahora gozaba dejarlas! Tú, verdadera y suprema dulzura, las arrojabas de mí, y una vez que las habías expulsado, entrabas en su lugar, más suave que cualquier placer, pero no para la carne y para la sangre; más claro que toda luz, pero más guardado que todo secreto; más elevado que todo honor, pero no para quien busca su propia elevación Mi alma estaba ya libre de las mordaces obsesiones de la ambición, del dinero, de las obscenidades y de las sarnosas picazones de las pasiones, y yo hablaba, y hablaba contigo, ¡oh Dios y Señor mío!, gloria mía, riqueza mía y salud mía (9, 1, 1).

50 - Las flechas del amore

Tú habías atormentado nuestro corazón con tu caridad y llevábamos tus palabras grabadas en nuestras entrañas; y los ejemplos de tus siervos, que de obscuros habías vuelto resplandecientes y de muertos vivos, apiñados en el seno de nuestro pensamiento, eran fuego que devoraba nuestro grave tupor, para que no volviésemos atrás. Y estábamos tan encendidos, que todos los vientos contrarios de las pérfidas lenguas habrían reavivado en cambio de apagar el incendio. (9, 2, 3).

…para ser contiuned…

Textos traducidos por María Beatriz May y María del Carmen.

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