Agustín, místico del corazón en las alturas
Buscar dentro de sí
Este salmo empieza con un deseo santo: Como la cierva anhela a las fuentes de agua, así mi alma anhela a ti, oh Dios (Sal. 41,1). ¿Quién es que dice estas cosas? Si lo queremos, somos nosotros. ¿Y qué buscas fuera de lo que eres, cuando está en tu poder ser lo que buscas?. Sin embargo, quien habla no es un solo hombre, pero un solo cuerpo: el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Este deseo no está presente en todos los que entran en la Iglesia; sin embargo los que han gustado la dulzura del Señor y advierten un sabor singular en el cántico, no piensen que están solos; convénzanse que estas semillas están diseminadas en el campo del Señor, o sea en todo el mundo, y que esta voz es la voz de la unidad cristiana: como la cierva anhela las fuentes de agua, así mi alma anhela a ti, oh Dios. Es correcto pensar que se trata de la voz de los catecúmenos, que se apresuran a la gracia del santo lavaje. Por lo tanto se canta solemnemente este salmo, para que ellos deseen la fuente de la remisión de los pecados. ¡Que así sea, y que este sentimiento ocupe realmente en la Iglesia un lugar prioritario! Sin embargo, hermanos, aún con el bautismo de los fieles este deseo no se sacia todavía; pero si ellos saben hacia donde lleva su peregrinar y hacia qué metas se encaminan, más ardientemente se encenderán. (Comentario Salmo 41, 1).
Vuelve en ti y trasciende en ti
No hay hombre que no se ame; pero hay que poseer un amor que sea recto y evitar un amor desviante. Cualquiera que abandone Dios, no amará otra cosa que a sí mismo; y por amor de sí, una vez separado de Dios, no habita ni siquiera en sí mismo, sino que incluso sale fuera de su mente. Sale de su conciencia y despreciando su vida interior, tomado como está por el amor de todo lo que le es ajeno. ¿Qué he dicho? Claro, ¿acaso no desprecian su conciencia los que obran el mal? Cualquiera que reconozca dignidad a su conciencia, pone un freno a su injusticia. Habiendo despreciado Dios por amor de sí, acaba hasta por despreciarse, amando más allá de lo que él no es. Pongan atención al escuchar al apóstol Pablo, que da testimonio en este sentido: En los últimos días sobrevendrán momentos difíciles (2Tm 3,1). ¿Qué cosas comportan los momentos para que sean difíciles? Esto: los hombres serán egoístas y amantes del dinero (2 Tm 3,2). He aquí el origen del mal. ¿Dónde te encuentras tú, que te amabas tanto?. Por supuesto, estás fuera de ti. Por la gracia, ¿acaso eres tú el dinero?. En realidad, sin importarte de Dios, te amas solamente a ti mismo, por el apego al dinero te has descuidado de ti. Primero te has descuidado, luego te has perdido. El amor al dinero te ha llevado a perderte. Toma la balanza de la verdad y no la de la avidez: ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero? (Mt. 16,26). Es la voz divina, la voz de Aquel que controla el peso, no de quien engaña: de Quien da justa medida y no de Quien advierte. Vuelve en ti: y, una vez que has entrado en tu interior, vuélvete hacia las alturas, no te quedes en ti. Primero de todo, vuelve en ti desde el mundo exterior, luego devuelve tu ser a tu Creador; que te ha buscado cuando estabas perdido; te ha encontrado cuando eras fugitivo; te ha convertido hacia Él, tú que le dabas la espalda. Entonces, vuelve en ti y dirígete al que te ha creado. (Sermón 330,3).
Las heridas del amor
Si hasta ahora uno es frío, que lea y ame; si uno no ama, reciba en el corazón la flecha de la Palabra. Porque justamente fue dicho de los apóstoles: Irresistibles tus flechas agudas. Llegan a la eficacia en lo que se dice más adelante: Bajo de Ti caen los pueblos (Sal 44,6). Son benignas esas llagas. La herida del amor es saludable. ¿Y cuándo sana esa herida? Cuando nuestro deseo se calmará en los bienes eternos. Se parangona a una llaga el perdurar de nuestro deseo, que todavía no es nuestra posesión. Puesto que el amor tiene esa peculiaridad: que el dolor subsiste a su lado. Cuando se llega a la meta, cuando la posesión se cumplirá, entonces el dolor desaparecerá, pero el amor quedará inmutable. (Sermón 298,2,2). Cristo demora en nosotros por la fe ¿Qué pide Cristo orando en favor de su cuerpo? Aquí está: con el fin de no doblar mi corazón a las palabras del mal. Es el corazón de mi Iglesia; sí, el corazón de mi cuerpo. Piensen, hermanos, esas palabras paradigmáticas: Saúl, Saúl, ¿porqué me persigues (Hch 9, 4)? También las dice cuando nadie lo tocaba personalmente: Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber (Mt 25,35). Estas verdades deben ser familiares para los cristianos, especialmente para los que han fijado en la mente las normas para entender el resto de la revelación. De esta manera o no serán turbados o volverán a la justa senda. Los justos dirán: ¿cuándo te vimos hambriento? Y Él les responderá: cada vez que lo hicisteis a uno de mis hermanos, aun al más pequeño, lo hicisteis a mí. Lo mismo tenemos que decir nosotros ahora, y decirla a Cristo, que está dentro de nosotros, en nuestro ser interior, donde Él se digna habitar por medio de la fe. Él no está ausente, por lo que no tenemos a nadie a quien recurrir; por el contrario nos dice: Yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo (Mt 28,20) (Comentario Salmo 140, 7)
El coloquio más íntimo
Jesús se volvió, y viendo que lo seguían, les dijo: ¿Qué buscáis? Y ellos le dijeron: Maestro, ¿dónde vives? (Jn 1, 38)? Aun no lo seguían con intención de unirse para siempre a Él, y eso fue cuando les dijo: Seguidme, los haré pescadores de hombres (Mt 4, 19). Desde ese momento se unieron a Él, para no dejarlo más. Por ahora Cristo les muestra donde vive: ellos van y restan con Él. Que hermosa jornada habrán pasado juntos, que noche dichosa! ¿Quién puede decir lo que han escuchado de parte del Señor? También nosotros pongámonos a construir una casa en nuestros corazones, para que Él pueda venir, nos enseñe, y se quede para hablar con nosotros (Comentario Evangelio de Juan 7,9).
San Agustín alaba al Señor
Acepta el sacrificio de mis confesiones de la mano de mi lengua, que Tú has formado y movido para alabar tu nombre. Vuelve a sanar todos mis huesos y que ellos te digan: Señor ¿quién es semejante a ti? (Sal 34,10)?. Quien se confiesa contigo no te dice su historia íntima, porque tu ojo no se aleja de un corazón cerrado, ni tu mano rechaza la dureza de los hombres, más bien tú la abres a tu placer, para compadecer o castigar; y nadie se sustrae a tu calor. Te alabe mi alma para amarte, te confiese tu misericordia, para alabarte. Toda la creación no cesa de alabarte : ni todos los espíritus con la boca dirigida a ti, ni los seres animados, ni las cosas materiales, a través de la boca de quien contempla. Así, nuestra alma, elevándose desde su debilidad y apoyándose en las criaturas, llega hasta ti, su admirable Creador. Y allí encuentra descanso y vigor verdadero (Las Confesiones 5, 1 1)
Éxtasis de Ostia
Elevándonos con un aumento más ardiente de amor hacia el mismo Ser, recorrimos hacia arriba y arriba todas las cosas corporales y hasta el mismo cielo, donde el sol, la luna y las estrellas brillan sobre la tierra. Y ascendiendo aún más sobre nosotros mismos a través de la consideración, la exaltación y la admiración de tus obras, llegamos hasta nuestras almas y las superamos también para llegar a las regiones de abundancia inagotable, donde eternamente apacientas a Israel con el alimento de la verdad, donde la vida es la Sabiduría, por la cual se hacen todas las cosas presentes, que han sido y que serán, mientras que ella no se hace, mas es la misma hoy, como era y como siempre será; o mejor dicho, el ser pasado y futuro no existen en ella, pero solo el ser, porque es eterna, porque los seres pasados y futuros no son lo eterno. Y mientras hablábamos y suspirábamos por ella, la tomamos un poco con el impulso total del corazón, y suspirando dejamos prisioneras las primicias del espíritu, para volver a bajar al sonido vacío de nuestras bocas, donde la palabra tiene principio y fin. Y ¿a qué cosa se asemeja tu Palabra, Señor nuestro, que quedas estable en ti mismo, sin envejecer y renovando todas las cosas (Las Confesiones 9, 10, 24)?
La vida dichosa
¿Qué es la vida dichosa, si no el poseer, a través del conocimiento , algo que es eterno? Efectivamente, eterno es sólo lo que estamos firmemente convencidos que no se le puede quitar a quien lo ama. Lo eterno equivale a poseer y conocer por siempre. La eternidad es la cosa más excelente de todas, por lo que no podemos tenerla si no por medio de la capacidad que nos rinde superiores, o sea la mente. Ahora bien, lo que se posee con la mente se obtiene conociéndolo, y ningún bien se conoce perfectamente si no se lo ama perfectamente. Pero como la mente de por sí no logra conocer, de la misma manera, de por sí no logra amar. Porque el amor en sí es una tensión y vemos que incluso en otras partes del alma hay un apetito que, si está de acuerdo con la mente y la razón, nos permitirá contemplar con la mente, en esta paz y tranquilidad, lo que es eterno. Por lo tanto, el alma debe amar con sus otras partes este bien tan grande que se necesita conocer con la mente. Y debido a que el objeto amado se configura necesariamente a la persona que ama, sucede que lo eterno, así amado, rinde eterna al alma. En consecuencia, la vida dichosa es en definitiva la vida eterna. Pero ¿cuál es este bien que rinde eterna al alma, si no es Dios? Ahora bien, el amor por las cosas objetos del amor, se llama más propiamente caridad o dilección. Para ello debe tenerse en cuenta con todas las fuerzas de la mente ese precepto tan saludable: Amarás al Señor, tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente (Mt 22, 37) , y lo que ha dicho el Señor Jesús: Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo (Jn 17,3) (Cuestiones diversas 35, 2).
Te he visto, infinito, pero diversamente
No es un juicio sano el de los que no les gusta algo de lo que has creado, como no lo tenía yo cuando no apreciaba muchas cosas de tu creación. Y ya que mi alma no se atrevía a no apreciarte, se rehusaba de reconocer como obra tuya todo lo que ella no apreciaba. De aquí llegó a la concepción de las dos sustancias, sin encontrarse satisfecha y usando un lenguaje que no era el suyo; luego había abandonado esa idea para construirse un Dios esparcido por doquier en los espacios infinitos, que había imaginado que eras tú y había colocado en su corazón, haciéndose nuevamente templo de su ídolo, abominable a tus ojos. Pero, cuando sin saberlo yo, has tomado mi cabeza entre tus brazos y has cerrado mis ojos para evitarles la vista de las cosas vanas, me retiré un poco de mí, y mi locura se calmó. Me desperté en ti, y te vi, infinito, pero diversamente, visión que no ha producido la carne. (Las Confesiones 7, 14, 20).
Evolución del concepto de materia en Agustín
Señor, si tengo que confesar con mi boca y mi pluma todas las enseñanzas que me has dado, a propósito de esta materia, diré que al inicio oía el nombre sin entender; por otro lado, quien me hablaba, tampoco entendía. Por eso yo la imaginaba con muchos aspectos diferentes, y al fin no pensaba más en ella. Por mi mente pasaban formas horrendas y desagradables en un orden confuso, pero al fin y al cabo eran siempre formas,, y llamaba informes a algunas cosas que no carecían de forma, pero tenían formas que repugnaban, presentándose a mis sentidos por su inusitada irracionalidad, y tales de desconcertar a mi humana debilidad. Sin embargo, las imágenes en mi mente no tenían formas definidas, no por estar privadas de forma, si no porque las comparaba con otras formas mejores. Más la verdadera razón , me advertía que, queriendo concebir una entidad completamente informe, habría tenido que despojarme de todo residuo de forma; cosa que no podía hacer. Para mi era más fácil creer inexistente una cosa que no tenía ningún tipo de forma, que concebir algo que estaba en el medio, entre la forma y la nada, no fuese formado y no fuese nada, pero una cosa informe y casi nada. Pero yo deseaba saber, no suponer; y si ahora mi voz y mi pluma te dijeran todas las explicaciones que me has dado en esta búsqueda, ¿quién llegaría a entender entres mis lectores?. Y no por esto mi corazón dejará de darte honor y de cantar tus alabanzas por las explicaciones que me has dado, aunque si soy incapaz de explicarlas (Las Confesiones 12, 6, 6).
El tesoro que se guarda en el cielo
Nuestro Dios no quiere que perdamos nuestros bienes, pero nos muestra el lugar donde guardarlos. Cada uno de nosotros puede ocuparse sólo de su propio tesoro y así va tras sus propias riquezas por el camino -por así decirlo- que le ha trazado su corazón. Ahora bien, si están sepultadas en la tierra, el corazón se dirige hacia abajo; si en cambio están guardadas en cielo, el corazón estará en las alturas. Quien quiere tener el corazón en las alturas ponga allí lo que ama; aun viviendo con el cuerpo en la tierra, con el corazón demore junto a Cristo; y así como la Iglesia ha sido precedida por su Jefe, así el cristiano se haga preceder por su corazón. Del mismo modo que los miembros están destinados a ir donde los ha precedido su cabeza, Cristo, así el cristiano renaciendo está destinado a volver donde lo ha precedido su corazón. Entonces, dejemos esta tierra, con la parte gracias a la cual podemos hacerlo y todo nuestro ser nos seguirá donde esa parte ha ya llegado. Nuestra demora en la tierra está destinada a la ruina; en cambio en el cielo es eterna. Traslademosnos primero allí donde nos proponemos de ir. (Sermón 86, 1, 1).
Textos traducidos por María Beatriz May y María del Carmen.