Santuario della Madonnetta

San Agustín, testigo de la humildad de Dios

Desciende, hombre, para ascender a Dios

Descendió al mundo, nuestra vida, la verdadera, tomó sobre sí nuestra muerte y la mató con la abundancia de su vida; nos gritó tronando que volviesemos a Él, en el tabernáculo desde donde vino a nosotros entrando primero en el vientre de una virgen, donde le se unió como esposa la criatura humana , nuestra carne mortal, para no ser siempre mortal; después desde allí como esposo que sale del tálamo, salió con un gran salto para recorrer su camino y sin demorarse nunca, corrió gritando, con sus palabras y con sus obras, con su muerte y con su vida, con el descenso y con el ascenso, gritando para que volviésemos a Él; y se perdió de vista para que entremos en nuestros corazones, para encontrarlo. Efectivamente se fue, y de repente, está aquí. Porque si partió, aún no nos ha dejado. Se fue a un lugar del que nunca se había ido, porque Él hizo el mundo y en este mundo estaba y en este mundo vino para salvar a los pecadores. Mi alma se confiesa a Él, y Él la sana de sus pecados.

Hijos de los hombres ¿hasta cuándo este peso en los corazones? Después que la vida vino a ustedes , ¿no quieren ascender para vivir? ¿Adónde suben si ya están en lo alto y han puesto la boca en el Cielo? Desciendan para ascender a Dios, ya que han caído ascendiendo contra Dios”. Di a ellos estas palabras, alma mía, para que lloren en la valle de lágrimas, y así capturalos contigo hacia Dios. Si cuando hablas ardes con el fuego de la Caridad, es el Espíritu de Dios que te inspira estas palabras. (Confesiones 4, 12, 19).

Yo buscaba el modo de obtener fuerzas suficientes para gozar de ti, pero no lo hubiese encontrado hasta que no me hubiese abrazado al mediador entre Dios y los hombres: el hombre Cristo Jesús, que es sobre todas las cosas Dios bendito por los siglos, el cual grita y dice: Yo soy el camino, la verdad y la vida. Él mezcla a la carne, el alimento que yo no tenía fuerzas de tomar, ya que el Verbo se hizo carne. Para que tu Sabiduría (con la que creaste el universo) se volviese leche para nuestra infancia. Todavía no tenía tanta humildad para poseer a mi Dios, al humilde Jesús, ni conocía las enseñanzas de su debilidad. Porque tu Verbo, verdad eterna que se eleva por encima de la parte más alta de tu creación, eleva a sí a todos los que agachan la cabeza; pero en las partes más bajas ,con nuestro barro se ha edificado una vivienda humilde, el camino por donde bajar de tus alturas y atraer hacia ti a todos los que se someten, sanándoles el tumor y fomentándoles el amor. Así impidió que por presunción se alejaran, y los sorprendió con la visión de la divinidad quebrada a sus pies por haber dividido nuestra túnica de piel. Agotados, se arrójense en ella, y que al levantarse, ésta los eleve consigo. (Confesiones 7, 18, 24) .

La soberbia: imitar Dios al revés

Comenzaron a ser malos en el interior para incurrir después en abierta desobediencia. No hubieran llegado a la mala acción si antes no hubiesen tenido mala voluntad. Sin duda, la raíz de la mala voluntad (y de todo pecado) es la soberbia (Eccl. 10,15). La soberbia es el deseo de complacerse a sí mismo, y este deseo no es otra cosa que dejar la autoridad a la cual se debe adherir, para tratar de ser autoridad a sí mismo. Uno se complace demasiado en sí mismo. Y así es cuando uno se desprende del bien inmutable (que siempre debe ser nuestra verdadera finalidad) que debió agradarle màs que él a sí mismo. Esta defección es siempre voluntaria. Ahora, si la voluntad permaneciera estable, en el inmutable amor hacia el bien superior, desde donde viene iluminada para ver y enardecida para amar, no se desprendería para agradarse a sí misma y así enceguecerse y helarse. De hecho, esto les sucedió a nuestros progenitores: la mujer creyó que la serpiente decía la verdad, Adán antepuso la voluntad de su mujer al mandato de Dios, engañándose de estar trasgrediendo sólo venialmente, porque no abandonaba a su compañera de vida en el pecado. A este punto, es evidente que la acción malvada de transgredir comiendo un manjar prohibido, se cumplió por quienes eran ya malvados. Ese fruto podía venir solamente de un árbol malo. Era contra naturaleza que el árbol fuese malo, porque esto sólo podía ocurrir por el vicio de la voluntad, que es contra la naturaleza humana. Sólo una naturaleza, hecha desde la nada, podía viciarse. La naturaleza creada por Dios era buena; pero alejarse de lo que es le viene de haber sido hecha de la nada. Sin embargo, el hombre no se alejó hasta el punto de dejar de existir, sino que, replegándose sobre sí, fue menos perfecto que cuando estaba unido al Ser Supremo. Al dejar a Dios y quedarse en sí mismo, o sea complacerse de sí, no equivale a ser nada, pero sí a acercarse a la nada. Es por eso que la Escritura define a los soberbios como a aquellos que se complacen de sí mismos. Es bien tener el corazón en las alturas, no vuelto a sí mismos tal como en la soberbia, màs hacia Dios con humilde obediencia. Este es el efecto maravilloso de la humildad: elevar el corazòn a las alturas, y el de la soberbia es abatirlo. Parece casi una contradicción: mientras que la piadosa humildad somete al hombre bajo el sumo Ser, en realidad lo eleva; en cambio, la soberbia (que consiste en la perversión porque rechaza de ser sometida al Ser Supremo) decae en el más bajo nivel, justamente como está escrito: Los derribaste cuanto más se elevaban: en ese preciso instante han sido precipitados. Querer levantarse contra Dios significa ser derribados. Así en la ciudad de Dios, peregrina en el tiempo, se recomienda sobre todo la humildad, que tiene mucha importancia para su Rey que es Cristo. Pero en Satanás, por excelencia rival de Dios y del hombre, domina el vicio, el cual es contrario a la soberbia y a la envidia. El resultado es una oposición absoluta entre la ciudad de Dios y la ciudad del mal: la primera es la sociedad de los hombres piadosos, la segunda es la de los rebeldes; en una prevalece el amor de Dios, el amor de sí en la otra. (Ciudad de Dios 14,13,1).

Encamínense a las alturas con el pie de la humildad

Ustedes, que son las vìrgenes de Dios, siguen al Cordero por dondequiera que vaya. Pero antes de seguirlo, aprendan de Él que es manso y humilde de corazón. Si aman, vayan con humildad hacia Aquel que es humilde. No se alejen de Él si no quieren caer. El que teme alejarse de Él, suplica para que no le alcance el pie de la soberbia. Encamínense a las alturas con el pie de la humildad. Él eleva a quien lo sigue con humildad: Él que no despreció inclinarse sobre los que yacían en el pecado. Entreguen en sus manos los dones que les ha dado, para que se los guarde; y depositen en Él sus fuerzas. Consideren perdonado, todo el mal que Él evita que cometan. De este modo, no lo amarán poco, porque no será poco lo que les ha perdonado, ni despreciarán con arrogancia fatal a los públicos pecadores. Si tuvieron la posibilidad de medir sus fuerzas, no se enorgullezcan por lo que han podido soportar. Si todavía no han experimentado la prueba, oren para no ser tentados más allá de vuestras capacidades. Aquellos, respecto a los cuales se encuentran màs alto por dignidad externa, considérenlos superiores por las cualidades que no se ven. Reconociendo con bondad los dones ajenos que no ven, los vuestros no serán disminuidos en la comparaciòn, mas estarán afianzados por la caridad. En cuanto a los dones que aún les faltan, les serán concedidos con mayor facilidad, cuanto mayor sea la humildad con la cual los desean. Los que perseveran serán vuestro ejemplo; los que caen aumentarán vuestro temor. Amen la perserverancia de los primeros para imitarla, y lloren por la caída de los segundos para no engreírse. No quieran establecer una justicia propia, pero sotométanse a Dios que los justifica. Perdonen los pecados ajenos y oren por los propios. Eviten las culpas futuras siendo vigilantes y cancelen las culpas del pasado con la confesión . (La Santa Virginidad 52, 53).

Sólo el humile puede ofrecer dones a Dios

Los que lo rodean le ofrecerán dones (Sal. 75, 12). ¿Quiénes son los que lo rodean?. ¿Y donde está Él para poder decir quiénes los que lo rodean?. Si piensas en Dios Padre, ¿existe un lugar donde no esté, Él que es omnipresente? Si piensas en el Hijo –según la naturaleza divina- también Él está con el Padre en todo lugar. Él es la Sabiduría de Dios, de la que se dice: “todo lo atraviesa y penetra en virtud de su pureza” (Sap 7, 24). Si en cambio, se entiende el Hijo porque ha asumido la carne y ha sido visto entre los hombres, ha sido crucificado y ha resucitado; sabemos que subió a los cielos. ¿Quiénes son los que lo rodean?, ¿los ángeles?, por lo tanto no somos nosotros que ofrecemos dones, porque los que lo rodean ofrecerán dones. Por ahora les diré lo que Dios me sugiere, lo que Él mismo se dignó inspirarme a travès de estas palabras. Si luego se me ocurre algo mejor, será vuestro, porque la verdad es un bien común a todos. No es mía, ni tuya; no es de este o de aquel: es común a todos. Y es tal vez por esto que está en el medio, para que a su alrededor estén los que la aman. Efectivamente, los que es un bien común está en el medio. ¿Por qué se dice que está en el medio? Porque está igualmente lejos y cerca de todos. Lo que no está en el medio, se puede decir que es propiedad privada de alguien. En cambio lo que es público, está en el medio, para que todos los presentes lo vean y sean iluminados. Que nadie diga: Esto es mío; para que no se vuelva propiedad privada lo que está en medio a todos. ¿Entonces qué significan las palabras: “los que lo rodean ofrecerán dones”? Todos los que entienden que la verdad es un bien común, los que no hacen de ella un bien privado, los que no se enorgullecen; estos ofrecerán dones, porque son humildes. En cambio, los que se apropian de lo que es un bien común y tratan de llevarlo consigo, no ofrecerán dones. Solamente los que lo rodean ofrecerán dones al Terrible: teman todos los que lo rodean. Por esto alabarán en el temor, porque por esto lo rodean: para formar parte de Él. Y Él se vuelca sobre todos y a todos ilumina, pero públicamente, en la comunidad: esto significa temblar ante Él. En cambio cuando tú lo consideras un bien propio, y no un bien común, te elevas soberbiamente, mientras está escrito: Sirvan al Señor con temor y canten himnos a Él con temblor. Entonces, ofrecerán dones al Señor solamente los que son humildes y que saben ser la verdad común a todos. (Comentarios Salmos 75, 17-18).

La humildad, sabia ignorancia

Justamente para enseñarnos esta humildad necesaria para nuestra salvación, nuestro Señor Jesús se humilló. A esta humildad se opone, llamémosla “una ciencia ignorantísima”, por la cual nos satisface conocer el pensamiento de los filósofos griegos para aparentar ser cultos y eruditos, mientras que este bagaje cultural está muy lejos de la verdadera doctrina y erudición. Una cosa es saber que Dios no está extendido ni difundido en espacios determinados o infinitos, como si fuese mayor en una parte y menor en otra, pero que está presente por doquier como la misma verdad, que es el mismo Dios; otra cosa es amar y buscar la verdad, que es belleza espiritual, respecto a la cual la misma belleza humana se uniforma, y en base a la cual juzgamos bellas y buenas todas las acciones del sabio. Quien comprenda que el Verbo de Dios es Dios mismo, fue generado por Dios, no como se genera el aire, que supone una causa para existir, no siendo para nada el aire Dios, comprende también que el Verbo es generado en modo muy diferente, en un modo que nadie puede comprender, sino por aquel inspirado por Dios. (Cartas 118, 4, 23).

La humildad de Dios, supremo remedio

Nuestro pensamiento está conforme a la humildad divina, cuando creemos que Dios se hizo hombre, dándonos un ejemplo insuperable de humildad y haciéndonos conocer cuánto amor Dios nos dio. Por lo tanto, es indispensable creer y retener con firmeza de corazón que la humildad -la cual ha empujado a Dios a nacer de una virgen y a dejarse, entre otros ultrajes, conducir a la muerte por hombres que eran simplemente mortales- es el supremo remedio para sanarnos del tumor de nuestro orgullo y el sublime sacramento para desatarnos del delito del pecado. Que lo mismo se diga de la potencia de sus milagros y de su resurrección, porque sabemos lo que es la omnipotencia, creemos en un Dios todopoderoso y juzgamos este tipo de hechos para que nuestra fe no sea falsa. Del mismo modo, deseando entender (en la medida en que seamos capaces) la eternidad, la igualdad y la unidad de la Trinidad, tenemos que creer antes que entender y tenemos que vigilar que nuestra fe sea sincera y humilde. (Trinidad 8, 5).

Bajemos de la vanidad de nuestro orgullo hasta la humildad, para elevarnos desde aquí hasta las cimas de la verdadera magnitud divina. Este propósito no nos podía haber sido inspirado tan brillante y delicadamente que por Dios hecho hombre, para que nuestra arrogancia fuese reprimida no con violencia y sí con persuasión. Por esto ha intervenido el mismo Verbo, mostrándonos su específica misión a través del hombre que había asumido. Así el hombre habría tenido más temor de elevarse con su orgullo humano que de rebajarse imitando el ejemplo de Dios. (Cartas 232, 6).

Desde la humildad hacia la unidad

Les he dado el ejemplo para que también ustedes hagan como he hecho yo: laven los pies los unos a los otros. (Jn 13,15). Hermanos, conocemos bien, la humildad del Altísimo en el lavado de los pies de los apóstoles; entonces, hagamos lo mismo y con la gran humildad del Todopoderoso. Con este ejemplo inspirò a los hermanos que también externamente renuevan su gesto, por ejemplo cuando se acogen recíprocamente. Por supuesto, el acto sublime del Señor es para nosotros otro gran compromiso: confesar mutuamente nuestros pecados con el perdón y orar unos por otros. Si quien no tiene nada que hacerse perdonar, perdona nuestros pecados, con mayor razón, tendremos que perdonarnos recíprocamente porque no logramos vivir sin pecar. Perdonémonos y oremos los unos por los otros: es nuestro deber fundamental, este ministerio de humildad y caridad. En definitiva, le compete a Él desatar en los Cielos lo que nosotros atamos en la tierra (Comentario Ev.Jn 58,5).

Textos traducidos por María Beatriz May y María del Carmen.

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